← Volver a publicaciones
Comenzar terapia es un acto de valentia.
A veces, el paso más difícil no es hablar. Es animarse a empezar.
Un paciente solicita un turno para comenzar terapia y, faltando pocas horas para su primera entrevista, escribe para avisar que no va a asistir.
Explica que no se siente listo para comenzar.
Y es entendible. No siempre es fácil animarse a afrontar lo que podría suceder en ese espacio.
Muchas veces, la incertidumbre de encontrarse con uno mismo, de no saber qué decir, qué va a pasar o qué puede aparecer en ese encuentro, genera temor. Y ese miedo lleva a evitar la situación, a postergarla una y otra vez, hasta que el malestar se vuelve difícil de sostener.
Por eso, comenzar terapia es un acto de valentía. Porque implica estar dispuesto a encontrarse con lo que está pasando, con aquello que gusta y también con aquello que incomoda, con preguntas que quizás no tienen respuestas inmediatas.
Implica hacerle lugar a la angustia, a la frustración, al deseo, pero sobre todo, a uno mismo. Y a veces, hacerse lugar a uno mismo es una de las tareas más difíciles.
Por eso, no es fácil comenzar. Pero cuando alguien logra dar ese primer paso, ya no está solamente intentando aliviar un malestar: está dándose la oportunidad de escucharse, de comprender algo más de sí mismo y de construir una relación diferente con aquello que le sucede.
Porque la valentía no consiste en no tener miedo, sino en animarse a avanzar aun cuando el miedo esta presente.
Explica que no se siente listo para comenzar.
Y es entendible. No siempre es fácil animarse a afrontar lo que podría suceder en ese espacio.
Muchas veces, la incertidumbre de encontrarse con uno mismo, de no saber qué decir, qué va a pasar o qué puede aparecer en ese encuentro, genera temor. Y ese miedo lleva a evitar la situación, a postergarla una y otra vez, hasta que el malestar se vuelve difícil de sostener.
Por eso, comenzar terapia es un acto de valentía. Porque implica estar dispuesto a encontrarse con lo que está pasando, con aquello que gusta y también con aquello que incomoda, con preguntas que quizás no tienen respuestas inmediatas.
Implica hacerle lugar a la angustia, a la frustración, al deseo, pero sobre todo, a uno mismo. Y a veces, hacerse lugar a uno mismo es una de las tareas más difíciles.
Por eso, no es fácil comenzar. Pero cuando alguien logra dar ese primer paso, ya no está solamente intentando aliviar un malestar: está dándose la oportunidad de escucharse, de comprender algo más de sí mismo y de construir una relación diferente con aquello que le sucede.
Porque la valentía no consiste en no tener miedo, sino en animarse a avanzar aun cuando el miedo esta presente.
Compartí este artículo